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lunes, 2 de mayo de 2016

Entre demonios y democracia (y, PD: un angelito)


American Curios
David Brooks

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En imagen de abril de 1982, en una protesta en Nueva York, el reverendo jesuita, poeta y escritor Daniel Berrigan, ícono de la lucha antiguerra y a favor de la justicia en Estados Unidos, fallecido el pasado sábado a los 94 años de edadFoto Ap
La Jornada

Frankenstein, Lucifer, una corrupta y un socialista radical son por ahora las opciones del electorado estadunidenses para seleccionar al próximo presidente, según lo dicen los mismos precandidatos y sus políticos aliados, conste (los reporteros objetivos jamás nos atreveríamos a llamarlos tales cosas).
Donald Trump ha sido llamado el Frankenstein del Partido Republicano por Harry Reid, el líder demócrata del Senado, entre otros. Insisten en que es un monstruo creado durante años, tal vez décadas, de políticas y retórica de republicanos, desde la ola antimigrante hasta las posiciones cada vez más antimujer, antiderechos civiles, el racismo, y las respuestas bélicas a todo problema tanto interno como externo, etcétera.
El analista Robert Kagan, columnista del Washington Post, lo define así: Dejémoslo claro: Trump no es una rareza. Ni está secuestrando al Partido Republicano o al movimiento conservador, si existe tal cosa. Es, más bien, la creación del partido, su monstruo Frankenstein, llevado a la vida por el partido, alimentado por el partido y ahora hecho suficientemente fuerte para destruir a su creador.
Mientras tanto, el republicano John Boehner, ex presidente de la Cámara de Representantes, que hasta hace poco era el segundo político más poderoso del país, declaró la semana pasada que el precandidato presidencial y senador republicano Ted Cruz es Lucifer encarnado. En comentarios en un foro en la Universidad de Stanford, agregó que tiene amigos de ambos partidos, y me llevo con casi todos, pero (en referencia a Cruz) nunca en mi vida he trabajado con un hijo de perra más miserable.
Cruz tiene la distinción de ser el legislador federal más odiado por sus colegas, uno de los pocos consensos bipartidistas en estos años. Aun los que lo han acabado apoyando para tratar de frenar a Trump lo detestan: el senador Lindsey Graham afirmó en febrero, poco antes de darle su respaldo: si asesinaras a Ted Cruz ante el pleno del Senado, y el juicio se llevara a cabo en el Senado, nadie te condenaría. El senador demócrata Al Franken comentó que Cruz es el hijo de Joe McCarthy y Drácula. Y no es algo reciente: su campañero de cuarto en su primer año en Princeton lo describió como una pesadilla de ser humano.
Por otro lado, Hillary Clinton, la puntera en la contienda para la candidatura presidencial demócrata, ha sido repetidamente acusada por sus retadores de ser la favorita de Wall Street, y Trump no ha parado de llamarla Hillary la corrupta. De hecho, recordó que es tan manipulable por el gran capital que ella –con su marido, el ex presidente Bill Clinton– se presentó a la más reciente boda de Trump, y que estuvo ahí después de que él había donado dinero a su fundación. Su contrincante Bernie Sanders ha insistido en que ella ha financiado su carrera política, y sus arcas personales, con enormes contribuciones de banqueros, petroleros y otros grandes intereses. Desde que arrancó su campaña, ha tenido que batallar contra la percepción pública de que no es confiable.
Estos tres pretendientes al trono de la Casa Blanca comparten algo: son vistos de manera negativa por la mayoría del electorado, según los sondeos, algo muy inusual a estas alturas de este proceso.
Finalmente está el socialista democrático Sanders, quien al principio fue considerado un precandidato marginal, sin posibilidades, y que en las últimas semanas ha llegado a estar virtualmente empatado con Clinton en las encuestas nacionales. Casi todos los otros políticos de ambos partidos, pero en especial Clinton, como gran parte de la cúpula intelectual y mediática, han insistido una y otra vez en que Sanders ofrece posiciones radicales y por lo tanto no realistas.
Pero como repitió Noam Chomsky la semana pasada, Sanders “es una persona decente, honesta. Eso es bastante inusual en el sistema político… Pero es considerado radical y extremista, lo cual es una caracterización interesante, porque es básicamente un demócrata tradicional del New Deal”. Afirmó que sería considerado un político tradicional durante los tiempos de un Eisenhower, y que varias de sus posiciones están basadas en el marco del New Deal de Franklin Roosevelt, pero ahora lo descartan por ser radical y extremista. Esa es una indicación de qué tanto el espectro político ha girado hacia la derecha durante el periodo neoliberal, tanto, que los demócratas contemporáneos son lo que antes se llamaban los republicanos moderados.
Chomsky considera que lo más importante de Sanders es que ha “movilizado a gran número de jóvenes que están diciendo: ‘ya no vamos a dar nuestro consentimiento’. Y si eso se convierte en una fuerza que continúa, organizada, eso podría cambiar a este país; tal vez no para esta elección, pero a largo plazo”.
El futuro de la democracia estadunidense se disputa por ahora entre estas figuras, pero todo depende del consentimiento de este pueblo de aceptar o no las reglas de este juego en el que ya se han gastado más de mil millones de dólares (qué negociazo es la democracia). Y tal vez lo más notable hasta ahora son los indicios de que este juego ya no funciona.
PD: muere un angel rebelde
El reverendo jesuita, poeta y escritor Daniel Berrigan, ícono de la lucha antiguerra y por la justicia en este país, falleció el pasado fin de semana a los 94 años de edad. Integrante de la izquierda católica de los años 60, en parte inspirada por la teología de la liberación en América Latina, Berrigan y su hermano Philip, otro cura, compartían la posición moral de que la injusticia social era resultado de un sistema que generaba pobreza, racismo y guerras. Sus actos de desobediencia civil y acción directa, desde protestas contra la guerra en Vietnam hasta su presencia y solidaridad en el movimiento Ocupa Wall Street, lo llevaron a ser una de las figuras heroicas de la disidencia estadunidense.

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