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miércoles, 22 de julio de 2020

Los entramados bajo la pandemia

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Operarios no novo normal.
Foto: Operarios del ‘nuevo normal’ Denis Gonsales

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 549: Las tramas que esconde la pandemia 14/07/2020
La pandemia del coronavirus emergió abruptamente como un acelerador de los procesos de crisis/reconfiguración ya evidentes en el capitalismo del 2020. En menos de cien días ocurrió lo que las fuerzas del mercado hubieran tenido que extender durante varios meses –¿o años? – de crisis y con mayores costos políticos.

Hiperconcentración de capital y riqueza

A estas alturas, la pirámide de riqueza ya se hizo mucho más pronunciada y modificó su perfil a favor de las actividades de alta tecnología y comunicación (las famosas GAFAM1), y también de las extractivas que les dan soporte a ellas (litio, coltán) y al proceso de reproducción material en su conjunto (mineras, energéticas). Jeff Bezos, el hombre más adinerado de Estados Unidos, ganó 149,319 dólares por minuto durante 2019, es decir, 8 millones 959,140 dólares la hora, mientras que un trabajador con salario mínimo gana 7,25 dólares la hora en el mismo país (en el Sur global, por supuesto, gana mucho menos). Un cálculo de J.P. Morgan señalaba que ya en el momento de la pandemia, Bezos ganaba más de 10 mil dólares por segundo, 4 veces más que sus espectaculares ganancias promedio en 2019. En general, las gráficas de ganancias y/o acumulación de riqueza se hicieron mucho más agudas mientras que el perfil productivo se movió hacia la automación de manera notable, augurando un desplazamiento irreversible de mano de obra y de contactos humanos dentro del espacio sistémico. En este sentido es emblemático el caso de Zoom Video Communications de Eric Yuan (China-Estados Unidos), que de ser una empresa menor, en tres meses de pandemia ganó 4 mil millones de dólares (Business Insider), que equivalen a 400 millones de horas de trabajo de acuerdo con el salario mínimo promedio de Estados Unidos, o al trabajo de 224,341 trabajadores durante un año, siguiendo la media anual de 1,783 horas.

Autoritarismo inmanente

Visto desde otro ángulo, observamos que el entramado productivo se aligeró eliminando una buena parte de las empresas medianas y pequeñas (y hasta algunas más grandes como Hertz, con sistemas informáticos quizás obsoletos), promoviendo un proceso de hiperconcentración del capital que por sus niveles de oligopolización gozará de condiciones aún más verticales y materialmente autoritarias para definir los márgenes y los contenidos de nuestra existencia como sociedad. Efectivamente, el autoritarismo se ha ido naturalizando mientras la barbarie capitalista avanza –el estado de excepción paradójicamente permanente ya es un dato– pero en condiciones de pandemia la inspiración que lo alienta encuentra mayor justificación en el miedo al contagio y a la incertidumbre. No obstante, lo relevante es que en este caso ya empezó a hundir raíces y a concretarse físicamente transformando la materialidad de la reproducción de la vida: una buena parte del consumo se traslada al ciberespacio y modifica su contenido; el relacionamiento social adquiere nuevos filtros; se reducen las estratificaciones en la producción; se estrecha la franja de absorción de trabajo simple e incluso de trabajo vivo; los modos de consumir y de acceso al mercado se transforman y así también el contenido de la producción. El autoritarismo más agresivo y peligroso es este autoritarismo inmanente, intangible, anónimo que se impone a través de las condiciones materiales en que se desarrolla la existencia.

Hipertecnologización y límites sistémicos

Junto con la hiperconcentración del capital y la riqueza, entonces, se da una hipertecnologización que presenta a la vida como prescindible. La vida humana va perdiendo importancia como fuerza productiva y la vida natural va convirtiéndose en estorbo para el progreso o en objeto manipulable.

Con estas dos tendencias combinadas: la hiperconcentración y la hipertecnologización, en realidad el ámbito sistémico se estrecha, a pesar de abarcar el planeta entero. Su dimensión espacial es total pero no así su capacidad integradora. Del mismo modo que muchas de las empresas que cerraron durante la pandemia ya no tendrán condiciones de reabrir y mantenerse en funcionamiento, una buena parte de los trabajadores desempleados ya no será recontratada. No sólo se perdieron irreversiblemente muchos empleos formales de las empresas que cerraron, sino que esta crisis (¿deberíamos decir oportunidad?) permitió a las empresas hacer los recortes de personal que ya venían planeando. A esto se suma la enorme cantidad de empleos informales, que ocupan alrededor del 65 % del total, que ante una realidad cambiada ya no tienen sentido. Es decir, el desempleo de hoy corre el riesgo de ser permanente en una alta proporción. ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde se mueve el mundo?

Claramente el sistema no sólo tocó sus límites sino que los está rebasando. En el campo ambiental se habla de este fenómeno como translimitación, o del uso de la naturaleza más allá de sus posibilidades de reproducción. El aumento en la capacidad tecnológica permitió procesar la naturaleza a ritmos mayores que los de su propia restitución. Celebremos el desarrollo tecnológico pero en un contexto de acumulación sin límites esto conduce, como lo hizo, a provocar un colapso y seguramente la caída/estallamiento/disipación del sistema y la emergencia de alternativas de organización o cohesión: algunas peores, otras mejores.

Parece pertinente trasladar el concepto al ámbito social y preguntarnos si no presenciamos una translimitación social, en la que la exclusión, precarización, miserabilización y despojo están conduciendo a la sociedad a una reproducción incompleta, precaria o insuficiente en la que bacterias, virus, desnutrición, enfermedades curables pero recurrentes o enfermedades causadas por el estilo de vida y de alimentación deficiente, con agrotóxicos o sin valor nutritivo llevan, como en la pandemia actual, a una especie de depuración social en la que los más frágiles sean eliminados.

Todo esto conduce al cuestionamiento general sobre el sistema de vida y la validez del proyecto civilizatorio del capitalismo. Un sistema de vida que no es capaz de sustentarse a sí mismo ni de resolver los problemas que va creando a su paso no puede pretenderse universalmente válido y legítimo. Por esta misma razón, es un sistema que tiende incesantemente al disciplinamiento social por medio de una amplia gama de mecanismos o dispositivos de fuerza. Desde el disciplinamiento escolar y la implantación más o menos aceptada de sistemas de vigilancia y control en todos los espacios (baste ver la vigilancia domiciliaria a través de celulares, computadoras y similares); todos los niveles (controles del cuerpo, de la movilidad, de la mente, de las emociones, los deseos, etc.); hasta el avasallamiento material que tiene una de sus figuras más visibles en la militarización y la guerra.

Militarización y guerra

Las múltiples hipótesis sobre el origen de la pandemia se relacionan con los equilibrios geopolíticos y la disputa por la hegemonía. Si bien la crisis puesta en evidencia por el cambio climático y las pandemias tiene su explicación en el episteme moderno capitalista que objetiva toda expresión de vida para convertirla en capital hasta el extremo de la translimitación abusiva, la pugna chino-estadounidense por liderar el mundo contribuye a alterar el ya frágil orden establecido. Y aunque las guerras del siglo XXI ya no se enfocan principalmente en lo militar sino que abarcan el espectro completo de relaciones y dimensiones de organización de la vida, entre las que lo militar está presente no sólo como una modalidad de intervención sino como un sentido estratégico general.

En medio de una situación sanitaria ruinosa, Estados Unidos no deja de hacer la guerra, tanto hacia el interior de su propia sociedad como hacia los puntos estratégicos para mantener su posición hegemónica y para impedir que asomen otros potenciales hegemones. Así, en el pico de la pandemia, Estados Unidos y Colombia lanzan un operativo paramilitar de intervención en Venezuela y los posicionamientos en otras regiones de Asia, África y el Medio Oriente están tan activos como antes de la pandemia o se han acrecentado aprovechando la confusión del momento.

El punto es que si ya se estaba en una escalada militarista, con la pandemia se militariza la securitización. Los dispositivos de vigilancia de alta tecnología orientados al biocontrol (como los que aplica Israel especialmente en la Franja de Gaza) se han instalado en la vida pública de manera generalizada (hasta donde alcanzan los recursos) con la justificación de impedir nuevos contagios, cosa que realmente no se está haciendo.

Aquí el punto clave es que todos estos movimientos o reconfiguraciones del sistema de poder no tienen vuelta atrás. Modificaron la realidad: la materialidad y sus percepciones. Son, como la extinción de las especies, un proceso de no retorno.

Estrechamiento del sistema y bifurcaciones

Algunos estudiosos señalan que el sistema está en un proceso de desglobalización. Lo que yo observo es que se encuentra en un proceso de estrechamiento, sin perder la dimensión planetaria. La hiperconcentración genera a la vez estrechamiento. Los recursos que Bezos, Yuan y otros triunfadores similares (el 1 % del 1 %) le extraen cada segundo a la sociedad significa millones de expulsados o sobrantes que como nubes sin rumbo se van incorporando a las filas de migrantes sin origen ni destino; que van siendo arrancados de su tierra por devastación, violencia directa, hambre, acaparamiento de tierras o cualquier otra figura adoptada por el sistema de barbarie en el que nos encontramos, sin tener ningún destino. Ni los migrantes africanos o sirios en Europa ni los latinoamericanos o caribeños en Estados Unidos. Llegan para volver a ser arrojados, como nómadas de la precariedad. Pero el sistema sigue funcionando, sigue generando riqueza, sigue deslumbrando con sus productos tecnológicos y sus nuevos equipos de guerra. Sólo que no todos caben.

La pandemia del coronavirus y probablemente otras nuevas que seguirán colaboran con el sistema como mecanismos de limpieza social afectando principalmente a las franjas más desfavorecidas, pero eso no modifica las dinámicas de globalización con estrechamiento, sólo las hace menos costosas.

Todo esto es bastante penoso pero el coronavirus también ha hecho una gran aportación a la sociedad mundial y es la de ¡por fin! darse cuenta de que este modo de vida (capitalista) lleva a la catástrofe y no tiene ninguna alternativa para la vida. El cambio en el modo de vida obligado por la pandemia, la vuelta a lo básico, a lo comunitario, al cuidado de la salud tradicional, el abandono de los ritmos disciplinarios rutinarios, la vuelta a la alimentación natural y la conciencia de que dentro del capitalismo no hay opción están fortaleciendo los incipientes procesos de bifurcación desde el sistema hacia los otros modos de vida que posiblemente den pauta a la emergencia de sistemas organizativos no predatorios (no desarrollistas).

De un modo o de otro, por bifurcaciones o por catástrofe, el tiempo histórico del capitalismo está llegando a sus límites de posibilidad. Enhorabuena.

- Ana Esther Ceceña es coordinadora del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica en el Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México y Presidenta del Comité Directivo de la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI).


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https://www.alainet.org/es/articulo/207932    

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