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martes, 31 de marzo de 2020

Muerte, pandemia y decadencia de lo humano


Marcos Roitman Rosenmann

Es tan obvio que no lo vemos. Lo humano hace tiempo que agoniza. La pandemia no ha sacado lo mejor de nosotros, más bien deja al descubierto las miserias de un individualismo que carcome los cimientos de cualquier especie social: la cooperación para el bien común y en el caso del Homo sapiens sapiens, para una vida digna. Cuando la muerte deviene razón política para mantener cohesionada a la población, no es el Covid-19 el objetivo, son sus portadores. La realidad no da motivo para el optimismo. Los mensajes del poder político son claros: si alguien tiene que sobrevivir no son las personas, es el sistema. Al virus no le afectan las distinciones sociales, aunque es la estructura de clases la que se impone. Los más vulnerables, los desprotegidos, los condenados de tierra, son los primeros en caer. Hoy, los médicos, a su pesar, se ven obligados a decidir ante la falta de respiradores artificiales, en España e Italia, quiénes tienen derecho a ser intubados y, por ende, más opciones de salir adelante. Nuestras sociedades, preocupadas por impedir la eutanasia, ahora, practican la eugenesia.
La Comunidad de Madrid obliga a los trabajadores de la salud, pese a estar infectados, a seguir en sus puestos, contaminando a pacientes, mientras la empresa privada de la salud, HM, con 17 hospitales y 21 clínicas, solicita a su personal tomar vacaciones, pedir bajas incentivadas, permisos, excedencias o reducir jornada. Mientras, arrecian las críticas a China, devaluando el éxito en detener la pandemia. Mejor muertos que bajo el yugo comunista. Occidente, alaba el sistema de libertades individuales, de mercado, la propiedad privada y la libre circulación de personas (sic). El hambre, la desigualdad social, la explotación o la compraventa de seres humanos son considerados logros irrenunciables. Nuestros muertos por el Covid-19 lo harán por falta de material. ¡Es la libertad de elegir! El discurso anticomunista apuntilla: China es una sociedad sometida a un control digital mediante un big data que impide la privacidad.
¿Acaso en nuestras sociedades, el control digital del big data no funciona? Los militares han tomado las grandes ciudades y controlan la población. Incluso España solicita el apoyo de la OTAN. Aconsejo leer a Éric Sadin: La silicolonización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital y La humanidad aumentada. La administración digital del mundo. En nuestras sociedades, dice, “poco a poco emerge una gubernamentalidad algorítmica y no sólo aquella que permite a la acción política de­terminarse en función de una infinidad de estadísticas y de inferencias proyectivas, sino incluso aquella que ‘a escondidas’ gobierna numerosas situaciones colectivas e individuales. Es la forma indefinidamente ajustada de una ‘administración electró­nica’ de la vida, cuyas intenciones de protección, de optimización y fluidificación dependen en los hechos de un proyecto político no declarado, impersonal, aunque expansivo y estructurante. Es el surgimiento de una política de la técnica ubicuamente distribuida y que se caracteriza sólo por la inteligencia del tiempo presente y del futuro inmediato, ya que está programada para analizar, en el aquí y ahora, una infinidad de situaciones, y para sugerir o decidir de la mejor manera posible soluciones pertinentes”.
Tras la pandemia, emergerá un capitalismo mejor dotado para la dominación digital. Hacer diferencias entre China y Occidente, bajo el binomio totalitarismo versus libertades individuales es poco serio. Todo régimen político es un orden de dominación. ¿Hay que recordarlo? Viviremos un lapso de luto social que unirá a tres generaciones: millennial, posmillennial y los mayores de 65 años. Compartirán una experiencia inimaginable por su dimensión global en lo social, económico, político y cultural. Los sobrevivientes mirarán con recelo al resto de humanos, se aislarán y la comunicación verbal perderá fuerza.
En cuarentena, nos sentimos solidarios. Somos presas del mito del eterno retorno. Cada 31 de diciembre juramos ser mejor persona, y a los pocos días ya hemos abandonado los objetivos trazados. Ahora nos emborrachamos de buenas intenciones. Mejorar la sanidad, disminuir la desigualdad, desprivatizar servicios esenciales, mayor inversión social. Pero sin voluntad política nada será. Las directrices van en esa dirección. Las grandes fortunas, las trasnacionales, el capital financiero, seguirán campando a sus anchas. Las empresas están despidiendo a sus trabajadores, mediante ERTE y ERES. Curiosamente las que más beneficios obtienen, automotrices, tecnológicas, aeronáuticas y el sector bancario. Sólo en España y desde que se aprobaron las medidas extraordinarias, 1.5 millones de trabajadores se han ido al paro. El Corte Inglés y Zara se frotan las manos. Las ayudas serán capitalizadas por las grandes fortunas.
Aun así, hay ingenuos que creen en un cambio de actitud de empresarios, élites gobernantes, organismos e instituciones internacionales. Basta recordarles la historia
del siglo XX y las dos décadas de este, para contradecirlos. Dos guerras mundiales, Hiroshima y Nagasaki, Vietnam, los aislamientos de Gaza, Cisjordania, las guerras en Centroeuropa, África y Asia, etnocidios y genocidios, golpes de Estado en América Latina o 50 años de bloqueo a Cuba. Seguimos una estela de muerte. Kant erró, no es posible la paz del imperativo categórico. La existencia de una especie social que aboga por el individualismo está condenada al fracaso y su extinción. Aun así, hay que pensar para ganar, no sólo resistir. El capitalismo digital no es opción.

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