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sábado, 30 de noviembre de 2019

¡Basta ya de mentiras sobre Julian Assange!


Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.



Protesta de los seguidores de Assange frente al Tribunal de la Magistratura en Westminster, Londres, 21 octubre 2019 (Foto: Kirsty Wigglesworth/AP)  

Los periódicos y otros medios de Estados Unidos y Gran Bretaña han declarado recientemente su pasión por la libertad de expresión, especialmente por su derecho a publicar libremente. Se debe a que están preocupados por el “efecto Assange”.
Es como si la lucha de los que dicen la verdad, como Julian Assange y Chelsea Manning, representara ahora una advertencia para ellos: que los matones que sacaron a Assange de la embajada ecuatoriana en abril pueden venir algún día a por ellos.
The Guardian se hizo eco de un estribillo común la semana pasada. La extradición de Assange, decía el periódico, “no es una cuestión sobre lo inteligente que puede ser el Sr. Assange, y menos aún sobre lo agradable que puede resultar. No se trata de su carácter, ni de sus opiniones. Tiene que ver con la libertad de prensa y con el derecho del público a saber”.
Lo que The Guardian está tratando de hacer es separar a Assange de sus logros fundamentales, logros de los que se ha beneficiado The Guardian a la vez que han expuesto su propia vulnerabilidad, junto con su tendencia a halagar al poder rapaz y difamar a quienes revelan sus dobles raseros.
El veneno que ha estado alimentando la persecución de Julian Assange no resulta tan obvio en ese editorial como suele serlo; no hay ficción en la que Assange manche de heces las paredes de la embajada o se porte de forma horrible con su gato.
En cambio, las engañosas referencias al “carácter”, “juicio” y “simpatía” perpetúan una mancha épica que tiene ya casi una década. Nils Melzer, Relator de las Naciones Unidas sobre la Tortura, utilizó una descripción más adecuada. “Ha habido”, escribió, "una campaña implacable y sin restricciones de acoso público”. Explica el acoso como “una corriente interminable de declaraciones humillantes, degradantes y amenazantes en la prensa”. Esta “escarnio colectivo” equivale a tortura y podría conducir a la muerte de Assange.
Al haber presenciado gran parte de lo que Melzer describe, puedo dar fe de la verdad de sus palabras. Si Julian Assange sucumbiera a las crueldades acumuladas sobre él, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, como advierten los médicos, periódicos como The Guardian tendrían que compartir esa responsabilidad.
Hace unos días, un tipo del Sydney Morning Herald en Londres, Nick Miller, escribió un artículo descuidado y engañoso titulado: “No se ha absuelto a Assange, simplemente se ha burlado a la justicia”. Se refería al abandono de Suecia de la supuesta investigación sobre Assange.
El informe de Miller no es atípico por sus omisiones y distorsiones, aunque se hace pasar por una tribuna de los derechos de la mujer. No hay un trabajo original, no hay una investigación real: solo calumnias.
No hay nada sobre el comportamiento documentado de un grupo de fanáticos suecos que se apropiaron de las “acusaciones” de conducta sexual inapropiada contra Assange y se burlaron de la ley sueca y de la tan cacareada decencia de esa sociedad.
No menciona que, en 2013, la fiscal sueca intentó abandonar el caso y envió un correo electrónico al Servicio de la Fiscalía de la Corona (SFC) en Londres para decirle que ya no iba a tratar de conseguir una orden de detención europea, a lo que recibió la respuesta: “¡No te atrevas!” [Mi agradeciniento a Stefania Maurizi de La Repubblica.]
Otros correos electrónicos muestran que el SFC desanimó a los suecos de ir a Londres para entrevistar a Assange, algo que era una práctica común, bloqueando así el progreso que podría haberle liberado en 2011.
Nunca hubo acusación. Nunca hubo cargos. Nunca hubo un intento serio de imputar “acusaciones” a Assange ni de interrogarle, comportamiento que el Tribunal de Apelaciones sueco dictaminó como negligente y que el Secretario General del Colegio de Abogados de Suecia ha venido condenando desde entonces.
Las dos mujeres involucradas dijeron que no hubo violación. Hay importantes evidencias escritas de que sus mensajes de texto les fueron intencionadamente escamoteados a los abogados de Assange porque socavaban claramente las “acusaciones”.
Una de las mujeres estaba tan sorprendida de que Assange fuera arrestado, que acusó a la policía de haberla presionado y de cambiar su declaración como testigo. La fiscal principal, Eva Finne, desestimó cualquier “sospecha de delito”.
El hombre del Sydney Morning Herald omite que un político ambicioso y comprometido, Claes Borgstrom, apareció por detrás de la fachada liberal de la política sueca y se apoderó y reavivó el caso.
Borgstrom reclutó a una antigua colaboradora política, Marianne Ny, como la nueva fiscal. Ny se negó a garantizar que Assange no acabara siendo enviado a Estados Unidos en caso de ser extraditado a Suecia, aunque, como informó The Independent: “ya se han celebrado conversaciones informales entre funcionarios estadounidenses y suecos sobre la posibilidad de que el fundador de WikiLeaks Julian Assange sea puesto bajo custodia estadounidense, según fuentes diplomáticas”. Esto era un secreto a voces en Estocolmo. Que la Suecia libertaria tenga un pasado oscuro y documentado de dejar a las personas en manos de la CIA no fue noticia.
El silencio se rompió en 2016 cuando el Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas sobre Detención Arbitraria, un organismo que decide si los gobiernos cumplen sus obligaciones respecto a los derechos humanos, dictaminó que Julian Assange había sido detenido ilegalmente por Gran Bretaña y pidió al Gobierno británico que le dejara libre.
Tanto los Gobiernos de Gran Bretaña como Suecia habían participado en la investigación de la ONU y acordaron respetar su fallo, que tenía el peso del derecho internacional. Pero el secretario de Asuntos Exteriores británico, Philip Hammond, se puso de pie en el Parlamento e injurió al panel de la ONU.
El caso sueco fue un fraude desde el momento en que la policía contactó secreta e ilegalmente con un periódico sensacionalista de Estocolmo y desató la histeria que iba a devorar a Assange. Las revelaciones de WikiLeaks de los crímenes de guerra de Estados Unidos habían avergonzado a esos siervos del poder, con sus intereses creados, que se hacían llamar periodistas; y por esto, nunca se iba a perdonar al insociable Assange.
La veda estaba abierta. Los torturadores mediáticos de Assange cortaron y pegaron las mentiras y el abuso insultante de cada uno. “Es realmente uno de los mojones más masivos”, escribió la columnista de The Guardian, Suzanne Moore. El juicio común a que se llegó fue que había sido acusado, lo cual nunca fue cierto. En mi carrera, en la que he informado desde lugares que registraban agitación extrema, sufrimiento y criminalidad, nunca he visto algo así.
En la tierra natal de Assange, Australia, fue donde este “acoso” alcanzó su apogeo. El Gobierno australiano estaba tan ansioso por entregar a su ciudadano a Estados Unidos que en 2013 la primera ministra, Julia Gillard, quiso quitarle su pasaporte y acusarle de un delito, hasta que se le señaló que Assange no había cometido ninguno y que no tenía derecho a quitarle su ciudadanía.
Según la página web Honest History, Julia Gillard ostenta el récord del discurso más adulador que se haya hecho nunca ante el Congreso de Estados Unidos. Australia, dijo ante los aplausos, era la “gran compañera” de Estados Unidos. La gran compañera coludió con Estados Unidos en su persecución de un australiano cuyo crimen era el periodismo, denegándole su derecho a la protección y asistencia adecuada
Cuando el abogado de Assange, Gareth Peirce, y yo nos encontramos con dos funcionarios consulares australianos en Londres, nos sorprendió que todo lo que sabían sobre el caso “es lo que leemos en los periódicos”.
Este abandono por parte de Australia fue una de las principales razones para que Ecuador le concediera asilo político. Como australiano, esta situación me pareció especialmente vergonzosa.
Cuando se le preguntó recientemente acerca de Assange, el actual primer ministro australiano, Scott Morrison, dijo: “Debería afrontar las consecuencias”. Este tipo de matones, desprovistos de cualquier respeto por la verdad y los derechos, los principios y la ley, es la razón por la cual la prensa en su mayoría controlada por Murdoch en Australia está ahora preocupada por su propio futuro, ya que The Guardian está preocupado y The New York Times está preocupado. Toda esta preocupación tiene un nombre: “el precedente de Assange”.
Saben que lo que le sucede a Assange les puede pasar a ellos. Los derechos básicos y la justicia que se le niegan a él se les pueden negar también a ellos. Han sido advertidos. Todos nosotros hemos sido advertidos.
Cada vez que veo a Julian en el mundo sombrío y surrealista de la prisión de Belmarsh, recuerdo la responsabilidad de todos aquellos que le defendemos. Hay principios universales en juego en este caso. Él mismo suele decir: “No se trata de mí. Es algo mucho más amplio”.
Pero en el corazón de esta notable lucha -porque es, sobre todo, una lucha- está un ser humano cuyo carácter, repito carácter, ha demostrado el coraje más asombroso. Le saludo.

(Versión editada de un discurso que John Pilger ofreció en el lanzamiento en Londres del libro “In Defense of Julian Assange”, una antología publicada por Or Books, Nueva York.)
John Pilger, periodista de origen australiano y renombre internacional, ha ganado más de 20 premios por su labor periodística.

«Un golpe de Estado» dice politóloga canadiense

La gente reaccionó en La Paz el domingo después de que Morales anunció que renunciaría. (Juan Karita / Associated Press)

Política exterior canadiense “a la deriva” en América latina



La exministra de Asuntos Exteriores, Chrystia Freeland, en el centro, con el ministro de Relaciones Exteriores de Perú, Néstor Francisco Popolizio Bardales, en el frente izquierdo, y el ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, Jorge Marcelo Faurie, el ministro británico responsable de América y Europa, Alan Duncan, en el centro. A la izquierda, la embajadora de los Estados Unidos en Canadá, Kelly Craft, durante una foto en la décima reunión ministerial del Grupo de Lima en Ottawa el lunes 4 de febrero de 2019. (Sean Kilpatrick / Canadian Press)

Radio Canada International

La exministra de Asuntos Exteriores, Chrystia Freeland, en el centro, con el ministro de Relaciones Exteriores de Perú, Néstor Francisco Popolizio Bardales, en el frente izquierdo, y el ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, Jorge Marcelo Faurie, el ministro británico responsable de América y Europa, Alan Duncan, en el centro. A la izquierda, la embajadora de los Estados Unidos en Canadá, Kelly Craft, durante una foto en la décima reunión ministerial del Grupo de Lima en Ottawa el lunes 4 de febrero de 2019. (Sean Kilpatrick / Canadian Press)
«Independientemente de los éxitos de la ex ministra Chrystia Freeland en el comercio internacional, ella tomó algunas decisiones controvertidas ante problemas complejos que viven países como Venezuela, Chile, Bolivia y ahora Colombia».
-John Kirk, profesor de Estudios latinoamericanos en la Universidad Dalhousie-
El primer ministro Justin Trudeau presentó la semana pasada la composición del nuevo consejo de ministros de su gobierno minoritario federal. Uno de los grandes cambios aportados a su gabinete fue la designación de la exministra de Relaciones Internacionales, Chrystia Freeland,al cargo de viceprimera ministra.
John Kirk, de la Universidad Dalhousie, en la provincia de Nueva Escocia, dice que durante los primeros 14 meses de gobierno liberal en 2015, la entonces ministra Chrystia Freeland estuvo muy involucrada en el tema de lograr la firma del nuevo tratado de libre comercio norteamericano entre Canadá-Estados Unidos y México.
«Pero la política internacional de Canadá en general se fue a la deriva, en particular en América latina. Luego, cuando surgieron los problemas en Venezuela, Canadá tomó una iniciativa muy importante al liderar el Grupo de Lima para presionar la salida del gobierno de Nicolás Maduro» afirma.
Así comienza la entrevista con John Kirk, profesor de Estudios latinoamericanos en la Universidad Dalhousie, en Halifax y autor de numerosos libros sobre la región.
Le preguntamos cómo analiza el periodo 2015-2019 en términos de política exterior de Canadá hacia Latinoamérica.
Un punto de inflexión decisivo dice Kirk fue la creación a mediados del 2017 del Grupo de Lima, un organismo ad hoc de 14 países, para «abordar la situación crítica en Venezuela y explorar formas de contribuir a la restauración de la democracia».
El Grupo no se limitó a cuestionaron la legitimidad de los resultados de las controvertidas elecciones de 2018 que regresó al poder al presidente Maduro. “Además intentaron organizar un golpe para reemplazar a Maduro con Juan Guaidó, un diputado de la Asamblea Nacional previamente desconocido pero el elegido de Washington para ser presidente venezolano”.
Desde entonces la política de Canadá ha seguido a la deriva. Pero han pasado cosas interesantes porque aunque criticó fuertemente al gobierno de Maduro, Freeland no ha dicho casi nada con respecto al abuso de los derechos humanos en países que son miembros del Grupo de Lima.
Y a pesar de esa vergüenza, Canadá cometió casi el mismo error dice Kirk.

Los casos de Chile y Bolivia

John Kirk señala que después de esta indignación selectiva, surgieron los casos de Chile y Bolivia.
Los manifestantes marchan frente al palacio presidencial de La Moneda en Santiago, Chile, durante una protesta contra el gobierno el 21 de noviembre. La policía de Chile dijo el martes que habían suspendido el uso de perdigrones durante las protestas callejeras en medio de una protesta por las lesiones oculares sufridas por los manifestantes. (Johan Ordonez / AFP a través de Getty Images)
Canadá se hizo el distraído, ignorando totalmente lo que sucede en Chile, donde fueron asesinadas 23 personas en las últimas dos semanas, 2 300 heridos, 300 personas que perdieron la vista de un ojo como resultado de la represión de la policía. En Chile hay una frustración tremenda con el gobierno de Piñera y Canadá no dijo nada públicamente sobre esta represión.
Luego se hizo nuevamente el distraído ante el abuso y violación de los  derechos humanos en el golpe de Estado en Bolivia, dice Kirk.
El caso de Bolivia es aún más llamativo. Un golpe de Estado y un presidente,  Evo Morales, que tiene que abandonar el país. Creo que Canadá debería haber criticado la forma en que la auto proclamada presidenta Añez asumió el poder.
Global Affairs Canada anunció que trabajaría y apoyaría a la autoproclamada presidenta de Bolivia, Jeanine Añez, una mujer con una historia de hostilidad hacia los pueblos indígenas de Bolivia, explica el profesor de la Universidad Dalhousie.
Y si uno analiza la situación actual en Colombia, agrega, se pueden ver tremendos abusos de derechos humanos y mucha frustración social.
Creo que ha habido un desinterés hacia América latina y una amplia confusión respecto a una política a seguir en la región.
La gente se enfrenta a la policía antidisturbios en La Paz el 21 de noviembre durante la procesión fúnebre por ocho simpatizantes del ex presidente boliviano Evo Morales, asesinados cuando las fuerzas de seguridad levantaron el sitio de una planta de combustible. La presidenta interina de Bolivia, Jeanine Anez, solicitó el miércoles al Congreso que apruebe una ley que permita nuevas elecciones a raíz de los disturbios mortales. (Aizar Raldes / AFP a través de Getty Images)

¿Por qué Canadá aceptó liderar el Grupo de Lima?

Kirk es categórico: para Canadá es prioritario el escaño en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Canadá fue humillado recuerda Kirk  cuando se propuso obtener ese asiento de política internacional durante el gobierno anterior de Stephen Harper y que finalmente pasó a manos de Portugal. En el 2020 habrá otra elección y esta vez la competencia viene de Irlanda y Noruega.
«Estos dos países a mi parecer tienen mejores posibilidades de conseguir ese asiento pero para Canadá es sumamente importante conseguirlo por razones de diplomacia internacional».
Creo hasta cierto punto, tácticamente,  que el gobierno de Canadá creía que iba hacia una victoria fácil y que al liderar el Grupo de Lima contaría con el voto de varios países latinoamericanos.

La idea de Canadá en el mundo perderá terreno

John Kirk cree que Canadá perderá seriamente la reputación construida a través de los años como país que busca resolver conflictos de manera pacífica.
La falta de iniciativa, de valor moral, la falta de crítica ha llevado a Canadá a hacerse el tonto, a esconderse señala.
Lamentablemente los países de América latina se habrán dado cuenta de que el gobierno de Trudeau hijo, es una copia muy débil de la política implementada por su padre. Porque en el período 1968 -1984 Canadá jugó un rol protagónico en América latina con Pierre Elliot Trudeau.
John Kirk, profesor de Estudios latinoamericanos en la Universidad Dalhousie, en Halifax y autor de numerosos libros sobre la región. Youtube

Giro de la nueva política exterior

El problema con la política exterior de Canadá es que enfrenta muchos desafíos, además del mencionado escaño en el Consejo de seguridad, que reitero, es muy importante para Ottawa.
Kirk no deja de señalar que Canadá tiene problemas serios a resolver con el gobierno de China y con el de Arabia Saudita.
Creo entonces que América latina no tiene tanta prioridad para Canadá en este momento. Creo que seguirá haciéndose el distraído tratando de no meterse mientras trata de resolver los retos más difíciles para el país.

Esto y más en la entrevista de Radio Canadá Internacional con John Kirk, profesor de Estudios latinoamericanos en la Universidad Dalhousie y autor o coeditor de 18 libros sobre América Latina.

¿Organismo multilateral interamericano o ministerio de las colonias?

– Por Álvaro Verzi Rangel, especial para NODAL

Fundada por 21 países en Bogotá, en 1948, la Organización de Estados Americanos (OEA) cuenta actualmente con 35 miembros, uno de ellos, Cuba, suspendido desde 1962. Creada como organismo multilateral panamericano, hoy la realidad muestra su inclinación a favorecer los intereses geopolíticos de su socio mayor, Estados Unidos.
Fue un 30 de abril de 1948 que los 21 países fundadores aprobaron la “Carta de la Organización de Estados Americanos que dio origen a un organismo que, según su propia definición, apunta a “fortalecer la cooperación mutua en torno a los valores de la democracia, defender los intereses comunes y debatir los grandes temas de la región y el mundo”. De lo escrito a los hechos, siempre hubo un gran trecho.
Había ya terminado la Segunda Guerra Mundial cuando la OEA se estableció formalmente el 30 de abril de 1948, en Bogotá, pero no pudo entrar en vigor porque necesitaban 22 países y Colombia comenzaba su guerra civil luego del asesinato del candidato presidencial Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1948.
En 1947, el año anterior a la adopción de la Carta de la OEA, se suscribió el belicista Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), o Tratado de Río, que establece que cualquier ataque externo contra uno de los estados signatarios que ponga en peligro su integridad es considerado como una agresión a todos ellos a la cual debe responderse en forma colectiva.
En 1948 fue adoptada la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, la que debiera ser base del sistema interamericano de derechos humanos.
En 1951, con motivo de la guerra de Corea, la reunión de consulta reafirmó en Washington los principios del Tratado de Río y de la Carta como reacción ante la política expansionista de la Unión Soviética. Pero fue recién en diciembre de 1951 cuando Colombia depositó su ratificación y entró en vigencia la OEA para todo el continente.
Un poco de historia
En América, la revolución de Haiti y la de las 13 colonias británicas fueron el inicio de la lucha independentista que se extendería por todo el continente por más de cien años, hasta el triunfo y la liberación de Cuba y Puerto Rico en 1898.
Ya en el siglo XX, conformadas las repúblicas americanas con fronteras aún difusas y frente al resurgimiento del colonialismo europeo, las naciones de la región comprendieron la necesidad de garantizar la paz entre los países y hacer una suerte de blindaje en contra del ejercicio de la fuerza, de países poderosos contra otras naciones más pequeñas.
Recordemos que en 1848 Estados Unidos se apropió por conquista de una buena parte del territorio mexicano, años más tarde Bolivia perdió su salida al mar a manos de Chile y Paraguay perdió su esperanza de ser una potencia económica luego de su sangrienta derrota en la guerra de la Triple Alianza frente a los ejércitos de Brasil, Argentina y Uruguay, con un alto costo para su población y su territorio.
La Primera Conferencia Internacional Americana tuvo lugar en Washington el 14 de abril de 1890, “con el objeto de discutir y recomendar a los respectivos Gobiernos la adopción de un plan de arbitraje para el arreglo de los desacuerdos y cuestiones que puedan en lo futuro suscitarse entre ellos”.De esos 18 estados que participaron en esa primer conferencia surgió la Unión Internacional de Repúblicas Americanas, con sede en Washington,
El inicio del siglo XX fue convulso para nuestros países. Las fronteras nacionales aún no estaban definidas lo que provocaba conflictos constantes entre los gobiernos y era frecuente que las contiendas electorales concluyeran con una guerra civil en donde los gobiernos vecinos apoyaban a uno u otro bando en disputa, algunas veces incluso interviniendo directamente.
Por ejemplo, en 1907, durante la presidencia del dictador José Santos Zelaya, el ejército de Nicaragua acampó frente a la casa presidencial de Honduras derrocando al gobierno de Manuel Bonilla dando paso a la administración de Miguel R. Dávila, aliado de Santos Zelaya.
Pero el siglo XX fue en realidad un siglo convulso para todo el mundo. La acumulación de riqueza que produjo la primera industrialización europea y el incremento de la desigualdad social solo comparable con la actual, más la lucha por el control de la extracción de recursos naturales necesarios para la industria de los territorios controlados en África y Asia produjo tensiones entre las naciones colonialistas europeas que desembocaron en la primera gran guerra del siglo XX.
La guerra no era extraña para nuestros países. Vivíamos en constantes montoneras desde la independencia. Pero ver desde lejos aquella tragedia de trincheras sin precedentes y comprender que éramos capaces de enfrascarnos en un horror parecido, motivaron a continuar en el proyecto panamericano.
Y lo que comenzó como una alarma para los países de la región, se ratificó cuando en 1944 estalló la Segunda Guerra Mundial. Los países de la región tuvieron una participación más activa durante esa conflagración, con la participación de Estados Unidos: muchos de los países de la región enviaron soldados a pelear a los distintos frentes.
En esos momentos, vivíamos los embates de la guerra fría en nuestra región, que tuvo su estreno con el derrocamiento por parte de la CIA (la central de inteligencia estadounidense),con ayuda del gobierno de Honduras, del presidente de Guatemala Jacobo Arbenz, en 1954.
En 1960 tomó posesión en la presidencia de los Estados Unidos John F Kennedy impulsando lo que se conoció como la Alianza para el Progreso que buscaba cambiar las condiciones económicas de nuestros países como una forma de detener futuras revoluciones como la cubana. La OEA tuvo una participación directa y activa en la ejecución de la Alianza.
La OEA, sin embargo, había sufrido un segundo revés casi al mismo tiempo del lanzamiento de la Alianza. En 1962 las tensiones que produjeron la guerra fría en la región y el temor al contagio de la filosofía marxista a otros gobiernos de América, provocó que la OEA expulsara a Cuba del organismo.  La decisión de marginar al gobierno de Cuba careció de base legal firme ya que no había ninguna disposición que permitiera separar a un Estado miembro del ejercicio de sus facultades. Fue además contradictoria, ya que su justificación más socorrida, el postulado de que el marxismo-leninismo es incompatible con los principios del Sistema Interamericano, no tiene validez cuando se recuerda a las dictaduras militares de América Latina que fueron también contrarias a los principios del Sistema, pero respaldadas por Estados Unidos. Se hacía entonces referencia a la OEA como un club de dictadores.
En 1978, en Nicaragua, se sumaban las violaciones a los derechos humanos por parte de la Guardia Nacional. La insurrección tomaba fuerza a lo interno de Nicaragua, pero el dictador Anastasio Somoza Debayle no daba muestras de abrir un espacio de diálogo con sus opositores. El 6 de septiembre de 1978, a pedido de Venezuela, gobernada entonces por el presidente Carlos Andrés Pérez, la OEA convocó a una reunión de cancilleres para abordar la crisis de Nicaragua, donde se aprobó la visita a ese país de una Comisión Mediadora conformada por embajadores de Honduras, Colombia, República Dominicana, Guatemala y Estados Unidos. Los militares nicaragüenses mientras tanto, en su búsqueda de aniquilar guerrilleros sandinistas ametrallaron poblaciones fronterizas costarricenses. El gobierno de Costa Rica presentó el respectivo reclamo que fue abordado por el consejo permanente de la OEA el 23 de septiembre de 1978.
La llegada de la Comisión Mediadora no resultó del agrado de Somoza. Fue cercada en un hotel por la Guardia Nacional y no se permitió a ningún medio de comunicación dar a conocer su primer reporte de la situación política de Nicaragua. El 14 de octubre de 1978 la OEA se pronunció con una condena en contra de la dictadura en Nicaragua con 19 votos a favor y 4 en contra.Pero dos semanas después la Comisión Mediadora abandonó repentinamente el hotel en el cual estaban alojados y sus miembros se refugiaron en las sedes diplomáticas de sus respectivos países.
El informe que habían preparado sobre la situación de Nicaragua era claro. Cualquier solución a la crisis pasaba por la renuncia de Somoza. La delegación de la Comisión de Derechos Humanos también emitió un reporte sobre “el clima alarmante de violaciones a los derechos humanos” que se daba en el país. En julio de 1979, el dictador fue derrocado por la insurrección popular sandinista.
En 1982 llegó la crisis de las Islas Malvinas. Los Estados parte del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca aprobaron por mayoría apoyar a la Argentina en su enfrentamiento con el Reino Unido.  Era lo que mandaba el tratado de Río, pero Estados Unidos, en lugar de acogerse a la decisión de la mayoría como es práctica esencial en las organizaciones internacionales, declaró en forma unilateral su apoyo a Londres.
El 4 de julio de 2009, Honduras fue suspendida como miembro del organismo, luego de que el golpe de Estado de 2009 enviase al exilio al presidente Manuel Zelaya y de que el nuevo presidente interino rechazase el ultimátum de la OEA para restituir a Zelaya en su puesto presidencial. Los países del ALBA interpretaron el golpe en Honduras como el inicio de una nueva estrategia de Estados Unidos para derrocar gobiernos progresistas en el continente e impulsaron la suspensión de Honduras como un antecedente para los demás gobiernos. A Honduras le fue aplicado un artículo de la OEA referente a la ruptura del orden constitucional al amparo del artículo 21 de la Carta Democrática Interamericana que fue adoptada por la OEA en 2001.
Hoy, el portal de la OEA señala que este organismo “es el principal foro multilateral de la región para el fortalecimiento de la democracia, la promoción de los derechos humanos y la lucha contra problemas compartidos como la pobreza, el terrorismo, las drogas y la corrupción”.
La expulsión de Cuba
Luego de una serie de agresiones perpetradas por las bandas contrarrevolucionarias y mercenarias financiadas por la Agencia Central de Inteligencia estadounidense, Cuba fue expulsada el 31 de enero de 1962 de la OEA durante la reunión en Punta del Este (Uruguay) del Consejo Interamericano Económico y Social Organización de Estados Americanos, OEA.Allí, el representante del gobierno cubano, Ernesto Che Guevara, denunció la política hostil de Estados Unidos contra la naciente revolución y el carácter usurpador de los planes de Washington para América Latina. Todos los gobiernos latinoamericanos, con excepción de México, siguieron las órdenes de Washington y rompieron relaciones diplomáticas con Cuba que fue expulsada del “ministerio de colonias yanqui”, como lo calificó el canciller cubano Raúl Roa, quien señaló que su disfraz de supuesto mecanismo aglutinador de las naciones del hemisferio, pretende esconder su verdadera función como títere al servicio de Estados Unidos.
Para no olvidar
La OEA apoyó en 1954 la intervención en la Guatemala del presidente  Jacobo Arbenz, y marcó su silencio ante las acciones terroristas cometidas contra Cuba como la invasión a Playa Girón (Bahía Cochinos para Estados Unidos) en abril de 1961.
Tampoco condenó el desembarco de marines estadounidenses en República Dominicana en 1965 y durante la anticolonial guerra de las Malvinas, donde se enfrentaron Argentina y el Reino Unido, hizo mutis por el foro, mientras Estados Unidos respaldaba a los británicos, pasándole por encima a un tratado impuesto por ellos, como el TIAR.
En 1983, en Granada, el Primer Ministro Maurice Bishop fue derrocado por un golpe militar y murió asesinado. Luego se produjo la intervención estadounidense en esa pequeña isla caribeña y tampoco hubo una respuesta de condena desde la Organización de Estados Americanos.
La OEA guardó silencio ante la terrorista Operación Cóndor de la dictaduras cívico-militares del Cono Sur en los años 1970-1980, calló ante los conflictos bélicos en Centroamérica, y también lo hizo ante la sangrienta  invasión estadounidense a Panamá en 1989.
Obviamente, tampoco condenó el golpe de estado en Venezuela, en abril de 2002, contra el gobierno constitucional de Hugo Chávez, como tanpoco los golpes contra Fernando Lugo en Paraguay en 2012 y Dilma Rousseff en Brasil en el año 2016.
En junio de 2009, la Asamblea General de la OEA, celebrada en San Pedro Sula, Honduras, eliminó la bochornosa resolución que en 1962 expulsó a Cuba de ese foro, en momentos donde se multiplicaban los gobiernos progresistas en la región y crecía el entusiasmo por la integración latinoamericano-caribeña, sin Estados Unidos ni Canadá.
Eran momentos en que los gobiernos de la región apostaban por mecanismos regionales de integración donde la complementariedad, el respeto y la solidaridad fueran sus principios para las relaciones entre los pueblos.Hoy la pregunta es si la OEA tiene derecho a existir, teniendo en cuenta su triste historial de traición a los pueblos de América Latina y el Caribe y la intervención directa de su secretaría general en el reciente golpe de Estado en Bolivia.

(*) Sociólogo, Codirector del Observatorio en Comunicación y Democracia y del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Bolivia, laboratorio de una nueva ‎estrategia de desestabilización



La prensa internacional nos relata con parsimonia los acontecimientos de Bolivia. ‎Describe el derrocamiento del presidente Evo Morales, señala que es un enésimo golpe ‎en la historia de ese país, pero no logra entender lo que realmente sucede. No percibe ‎el surgimiento de una nueva fuerza política, hasta ahora desconocida en Latinoamérica. ‎Thierry Meyssan señala que si las autoridades religiosas del continente no asumen ‎inmediatamente sus responsabilidades, nada podrá impedir la propagación del caos.‎


La autoproclamada nueva presidente de Bolivia agita los “Cuatro Evangelios” y denuncia los ‎‎“ritos satánicos” de los pueblos originarios. Contrariamente a los comentarios de la prensa ‎internacional, Jeanine Áñez no ataca a los indígenas bolivianos (en su mayoría cristianos) como ‎etnia. Más bien impone un fanatismo religioso. ‎
El 14 de octubre de 2019, el presidente Evo Morales anunciaba, en entrevista concedida a la ‎televisora GigaVisión, que tenía en su poder grabaciones que demostraban que personalidades de ‎la extrema derecha y ex militares estaban preparando un golpe de Estado en previsión de que ‎él volviera a ganar la elección presidencial [1].‎
Pero lo que sucedió no fue un golpe de Estado militar sino el derrocamiento del presidente ‎constitucional. Nada permite pensar que el nuevo régimen sea capaz de estabilizar el país. ‎Estamos viendo el inicio de un periodo de caos. ‎
Los motines iniciados el 21 de octubre, y que llevaron al presidente y al vicepresidente de la ‎República, a la presidente del Senado, al presidente de la Cámara de Diputados y al vicepresidente ‎del Senado a dimitir uno tras otro, no cesaron con la entronización de Jeanine Áñez, la segunda ‎vicepresidente del Senado, el 12 de noviembre. El partido político de la señora Áñez, el ‎Movimiento Demócrata Social, sólo cuenta con 4 diputados y senadores de un total de 130. Y ‎su decisión de instaurar un nuevo gobierno sin representantes de los pueblos originarios (pueblos ‎que los occidentales llamarían “indígenas”) llevó a los miembros de esos grupos étnicos a lanzarse ‎a las calles, en lugar de los grupos de matones que habían sacado del poder al gobierno del ‎presidente Evo Morales. ‎
Mientras la violencia interétnica se propaga por todo el país, la prensa boliviana publica relatos ‎sobre las humillaciones públicas, las violaciones y el diario conteo de manifestantes muertos ‎a manos de la policía y el ejército. ‎
Si bien es evidente que el ejército está respaldando a la nueva “presidenta” Áñez, nadie sabe ‎exactamente quién sacó del poder al presidente Evo Morales y se estima que pudo ser tanto una ‎facción local como una transnacional o ambas. La reciente anulación de un megacontrato para la ‎explotación del litio boliviano puede significar que algún competidor invirtió en el derrocamiento ‎del presidente Evo Morales. ‎
Lo único seguro es que Estados Unidos se alegra del giro que han tomado los acontecimientos, ‎pero es posible que Washington no haya intervenido para provocarlos, aunque ciudadanos y ‎funcionarios estadounidenses están probablemente implicados, como indicó el director del SVR ‎‎ [2] ‎ruso, Serguei Narichkin.‎
La publicación de una conversación entre la nueva ministra colombiana de Exteriores, Claudia ‎Blum, y el embajador de Colombia en Estados Unidos, Francisco Santos –conversación grabada ‎en un café de Washington– no deja lugar a dudas [3]: el secretario de Estado ‎estadounidense, Mike Pompeo, se opone actualmente a toda intervención en Latinoamérica; ‎abandona al individuo que se autoproclamó presidente de Venezuela, Juan Guaidó, lo cual ‎inquieta al antivenezolano gobierno de Colombia, y rechaza todo contacto con los numerosos ‎aprendices golpistas latinoamericanos. ‎
Esto nos muestra que la nominación de Elliot Abrams como representante especial de ‎Estados Unidos en Latinoamérica no sólo fue una concesión a cambio del cierre de la ‎investigación del fiscal Robert Mueller sobre la supuesta «trama rusa» [4] sino también una astucia para acabar con la influencia de los neoconservadores en la ‎administración estadounidense. El “diplomático” Abrams se portó tan mal y cometió tantos ‎errores que destruyó en unos meses toda esperanza de intervención imperialista estadounidense ‎en Latinoamérica. ‎
En todo caso, el Departamento de Estado es actualmente una zona de desastre: los altos ‎diplomáticos desfilan uno tras otro por el Capitolio para prestar testimonio contra el presidente ‎Donald Trump ante la comisión de la Cámara de Representantes encargada de destituirlo. ‎
Pero, si la administración Trump no está orquestando lo que sucede en Latinoamérica, ¿quién ‎está haciéndolo? Todo indica que aún no han desaparecido las redes que la CIA instauró en ese ‎continente en los años 1950-1970. Cuarenta años después, esas redes siguen existiendo en ‎numerosos países latinoamericanos y logran actuar por sí mismas con un mínimo de respaldo ‎externo. ‎

Las sombras del pasado

A la derecha, el arzobispo católico de Zagreb, monseñor Aloysius Stepinac, estrecha la mano a ‎su protegido, el líder ultranacionalista croata Ante Pavelic, jefe de la milicia de los ustachis. ‎Hoy en día, Ante Pavelic es considerado uno de los peores criminales de la Segunda ‎Guerra Mundial, mientras que Aloysius Stepinac fue beatificado por haber combatido al líder ‎de la resistencia antinazi Josip Broz Tito.‎
Cuando Estados Unidos decidió iniciar contra la URSS su estrategia de containment, el primer ‎director de la CIA, Allen Dulles, y su hermano, el secretario de Estado John Foster Dulles, ‎reciclaron numerosos líderes de las milicias ultranacionalistas creadas por las potencias del Eje ‎utilizándolos en la lucha contra los partidos comunistas. Esos elementos, previamente evacuados ‎por Estados Unidos de los países donde habían perpetrado numerosos crímenes durante la ‎Segunda Guerra Mundial, fueron agrupados en el seno de la Liga Anticomunista Mundial (WACL, ‎siglas en inglés) [5], la cual ‎organizó en Latinoamérica el «Plan Cóndor» [6], una estructura de cooperación entre los regímenes proestadounidenses ‎de Latinoamérica para secuestrar y asesinar líderes revolucionarios en cualquier país donde ‎buscaran refugio. ‎
Fue así como, después de haber participado en el golpe militar que instaló en la presidencia ‎de Bolivia al general René Barrientos, en 1964, el general Alfredo Ovando puso la búsqueda del ‎Che Guevara, en 1966, en manos del nazi Klaus Barbie, quien había sido jefe de la Gestapo en la ‎ciudad francesa de Lyon. Después de ser capturado por el ejército boliviano, Guevara fue ‎asesinado a sangre fría, por orden del dictador Barrientos, en 1967. ‎
Bajo las dictaduras de los generales bolivianos Hugo Banzer (1971-1978) y Luis García Meza ‎‎(1980-1981), el nazi fugitivo Klaus Barbie –conocido en Francia como “el Carnicero de Lyon”– y ‎el neofascista italiano Stefano Delle Chiaie –miembro del Gladio italiano que había organizado ‎en 1970 el fallido golpe de Estado del príncipe Borghese en Italia– trabajaron juntos en la ‎restructuración de la policía y de los servicios secretos bolivianos. ‎
Sin embargo, después de la dimisión del presidente estadounidense Richard Nixon, en 1974, ya ‎se había iniciado en Estados Unidos la ola de revelaciones de las comisiones Church, Pike ‎y Rockefeller sobre las actividades secretas de la CIA. El público vio solamente la espuma de ‎esa ola, pero hasta eso era demasiado. En 1977, el presidente James Carter nombraba director ‎de la CIA al almirante Stansfield Turner, ordenándole sacar de la agencia a los colaboradores que ‎habían trabajado para el Eje nazi-fascista y convertir las dictaduras proestadounidenses en ‎‎«democracias». Así que cabe preguntarse, ¿cómo pudieron entonces el nazi alemán Klaus ‎Barbie y el neofascista italiano Stefano Delle Chiaie convertirse en supervisores de la represión ‎en Bolivia hasta agosto de 1981? ‎
Es evidente que habían logrado organizar la sociedad boliviana de una manera que les permitía ‎no depender del apoyo de Washington y de la CIA. Les bastaban el discreto respaldo de algunos ‎funcionarios estadounidenses y el dinero de un grupo de transnacionales. Los golpistas de 2019 ‎han actuado probablemente de la misma manera. ‎

Durante el periodo de la lucha anticomunista, Klaus Barbie había facilitado la instalación ‎en Bolivia de numerosos fugitivos croatas ustachis que antes lo habían ayudado a él a huir ‎de Europa [7]. ‎Creada en 1929, la organización de los ustachis reivindicaba ante todo una identidad católica ‎croata y contó con el apoyo del Vaticano para luchar contra la URSS. Después de la Primera ‎Guerra Mundial y antes del inicio de la Segunda, los ustachis perpetraron numerosos asesinatos ‎políticos, como el atentado que costó la vida al rey ortodoxo Alejandro I de Yugoslavia durante ‎una visita en Francia. Durante la Segunda Guerra Mundial, los ustachis se aliaron a los ‎fascistas y a los nazis y perpetraron masacres contra los cristianos ortodoxos pero enrolaron a ‎musulmanes. 
En total contradicción con el cristianismo original, los ustachis promovieron una visión ‎racialista del mundo, según la cual los eslavos y los judíos no pueden ser considerados ‎enteramente humanos [8]. ‎

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, los ustachis huyeron de Europa hacia Argentina, ‎donde fueron acogidos por el general Juan Domingo Perón. Pero algunos rechazaron ‎el peronismo y prefirieron volver a emigrar. Fueron por consiguiente los más recalcitrantes ‎los que emigraron a Bolivia [9].‎
















Según el neoustachi boliviano Luis Fernando Camacho, “Bolivia pertenece ‎a Cristo”, algo que nadie discute en ese país, donde el 98% de la población es ‎de confesión cristiana. ¿De qué habla entonces este individuo?

Los ustachis en Bolivia

Ya se sabe que las razones éticas no son motivo suficiente para que la CIA acepte renunciar a un ‎arma. Así que no hay que sorprenderse de que los colaboradores que la administración Carter había ‎expulsado de esa agencia estadounidense hayan colaborado después con el vicepresidente de ‎Ronald Reagan y ex director de la CIA‎, George Bush padre. Algunos de ellos formaron el ‎“Antibolchevik Bloc of Nations” [10]. Esos elementos eran principalmente ucranianos [11] e individuos ‎provenientes de los países bálticos [12] y ‎de Croacia. Todos esos criminales de guerra están hoy en el poder.‎
Concierto de una banda neoustachi en Zagreb, la capital de Croacia, ‎en 2007.
Los ustachis bolivianos se han mantenido vinculados a sus correligionarios en Croacia, ‎principalmente durante la guerra de 1991-1995, donde apoyaron al partido cristiano-demócrata ‎‎(HDZ) de Franjo Tudman. ‎
En Bolivia, esos elementos crearon la “Unión Juvenil Cruceñista”, una milicia conocida por sus ‎incursiones violentas y asesinatos de miembros del pueblo originario aymara. Uno de los antiguos ‎jefes de la Unión Juvenil Cruceñista, el abogado y hombre de negocios Luis Fernando Camacho, ‎preside actualmente el Comité Cívico Pro Santa Cruz y dirige abiertamente a los matones que ‎expulsaron del país al presidente Evo Morales, miembro de la etnia aymara. ‎
Al mismo tiempo, parece que el nuevo comandante de las fuerzas terrestres de Bolivia, el general ‎Iván Patricio Inchausti Rioja, es de origen croata. En todo caso, es ese general quien dirige ‎actualmente la represión contra la resistencia de los pueblos originarios, luego de haber recibido ‎lo que se ha denunciado como una «licencia para matar», concedida públicamente por la ‎autoproclamada presidente Jeanine Áñez.‎
La fuerza de los ustachis bolivianos no reside en su número, ya que son sólo un grupúsculo. ‎Si lograron derrocar al presidente Evo Morales es porque utilizan la religión para justificar sus ‎crímenes y, en un país eminentemente católico, pocos se atreven a oponerse abiertamente a ‎quien dice hablar en nombre de Dios. ‎
Los cristianos racionales que leyeron u oyeron las declaraciones de la presidente autoproclamada ‎cuando anunciaba el regreso de la Biblia al palacio de gobierno –en realidad eran los ‎‎Cuatro Evangelios pero la señora Áñez no parece conocer la diferencia entre esos dos libros– y ‎que recordaron las denuncias de la nueva jefa de Estado sobre los «ritos satánicos» que ella ‎atribuye a los pueblos originarios quedaron estupefactos y creyeron, con desagrado, que esta ‎señora proviene de alguna secta. No, es una ferviente católica. ‎
Hace años que venimos denunciando a los responsables del Pentágono partidarios de la estrategia ‎Rumsfeld/Cebrowski. Hemos advertido repetidamente que esos militares estadounidenses ‎pretenden repetir en la Cuenca del Caribe lo que ya hicieron en el Medio Oriente ampliado. ‎
Pero en Latinoamérica, su plan encontraba una importante dificultad: la ausencia de una fuerza ‎regional comparable a la Hermandad Musulmana y al-Qaeda. En Latinoamérica, todas las ‎manipulaciones terminaban volviendo a la tradicional oposición entre «capitalistas liberales» y ‎‎«socialistas del siglo XXI». Ya no es así. Ahora existe dentro del catolicismo una corriente ‎política que predica la violencia en nombre de Dios. Esa corriente hace posible el caos. ‎Los católicos latinoamericanos se ven ahora ante la misma situación que los sunnitas árabes: ‎tendrán que condenar urgentemente a esos fundamentalistas o serán arrastrados por la violencia ‎que estos predican. ‎

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[1] «Bolivie: Morales redoute un coup d’Etat s’il gagne ‎les élections» (en español, “Bolivia: Morales teme un golpe de Estado si gana las elecciones”), ‎AFP, 15 de noviembre de 2019.
[2] El SVR es el servicio de inteligencia exterior de la Federación Rusa. Nota de la Red Voltaire.
[4] «Venezuela, Irán, Trump y el ‎Estado Profundo», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 21 de mayo ‎de 2019.
[5] «La Liga Anticomunista Mundial, internacional del crimen», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 20 de enero de 2005.
[6] Operación Cóndor, 40 años después, Stella ‎Calloni, Infojus, 2015.
[7] Los ustachis eran miembros de una organización terrorista –la Ustacha– creada ‎sobre la base del racismo religioso y del ultranacionalismo croata. Nota de la Red Voltaire.
[8] En 1823, el poeta Antun Mihanovic, fuertemente influenciado por el ‎romanticismo alemán, se interrogaba sobre un hipotético origen no eslavo de los croatas. ‎Partiendo de esa hipótesis romántica, Ante Starcevic teorizó la justificación de la independencia ‎croata de los demás pueblos de los Balcanes. En eso se basaron los ustachis para construir ‎su propia ideología racialista, independientemente del nazismo. Los nazis, que deberían haber ‎visto a los croatas como subhumanos destinados a servir como esclavos, encontraron más ‎conveniente y cómodo utilizarlos como fuerza de combate fingiendo creer el mito inventado por ‎los ustachis. Cf. The Racial Idea in the Independent State of Croatia. Origins and Theory, ‎Nevenko ‎Bartulin, Brill, 2014.‎
[9] Nationalism and Terror. Ante Pavelic and Ustasha Terrorism from ‎Fascism to the ‎Cold War, Pino Adriano y Giorgio Cingolani, Central European University Press, ‎‎2018.
[10] Old Nazis, the new right and the Republican party, Russ Bellant, ‎South End Press, 1988.
[11] «¿Quiénes son los nazis en el gobierno ucraniano?», por Thierry Meyssan, 3 de marzo ‎de 2014; «Organizaciones nazis irrumpen en el escenario europeo», por Andrey Fomin, Oriental Review (Rusia), 6 de marzo de 2014; «Entrenamiento estadounidense para neonazis ucranianos», por Manlio Dinucci, ‎‎Il Manifesto (Italia), 11 de febrero de 2015; «Manifestación nazi en Kiev», ‎‎16 de octubre de 2017; «Ucrania, vivero de neonazis de la OTAN», por ‎Manlio Dinucci, Il Manifesto (Italia), Red Voltaire, 24 de julio de 2019.
[12] «La presidente de Letonia rehabilita el nazismo», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 20 de marzo de 2005; «Derecho de respuesta del gobierno letón», Embajadora Solvita Aboltina y ‎comentarios de Manlio Dinucci y Thierry Meyssan, Red Voltaire, 13 de octubre de 2018.


Los golpes de Estado


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Golpe de Estado en Bolivia, represión a cortejo fúnebre en La Paz

Puede ser que Somoza sea un hijo de puta, pero es «nuestro» hijo de puta”.
Franklin D. Roosevelt, presidente de Estados Unidos

América Latina y el África tienen una larga tradición de golpes de Estado. En otras latitudes del planeta los mismos son raros, muy infrecuentes, o simplemente no se dan. Cualquiera de ellos, con las diferencias y particularidades del caso, consiste en la interrupción de la institucionalidad democrática que fijan las Constituciones de cada país, reemplazándola por un nuevo orden no sujeto a ningún estado de derecho. La violencia militar cruda y descarnada hace parte vital de ese mecanismo.

En el África subsahariana, en el poco más de medio siglo que tienen sus jóvenes naciones, se llevan registrados más de 220 golpes de Estado, en todos los casos llevados a cabo por fuerzas militares. Burkina Faso, Benín y Nigeria son los que más los han sufrido, con 6 golpes en cada uno de esos países hasta el año 2001. Dada esa continua inestabilidad política, producto de lo joven y débil de esas democracias constitucionales copiadas a las ex metrópolis europeas, la Organización de la Unidad Africana -OUA- en el año 2000 reaccionó promulgando la Declaración de Lomé, la cual prohíbe taxativamente en todo el continente los cambios inconstitucionales de gobierno. Dicha declaración fue recogida en el año 2007 por la Unión Africana en la “Carta Africana sobre Democracia, Elecciones y Gobernabilidad”. Es por eso que los golpes de Estado más recientes, que tuvieron lugar luego de esa fecha, como los ocurridos en Guinea (2008), Madagascar (2009), Níger (2010), República Centroafricana (2013) y Burkina Faso (2015), no fueron reconocidos por el organismo regional, suspendiéndoseles del mismo y obligándoseles al retorno al marco constitucional.

En muchos de esos alzamientos militares estuvo presente la influencia de las ex potencias imperialistas de Europa, básicamente Gran Bretaña y Francia, que siglos atrás habían invadido el territorio africano, dividiéndolo artificialmente en lo que hoy son estas jóvenes repúblicas. Los continuos golpes de Estado de estas pocas décadas transcurridas desde su liberación -alrededor de 1960- evidencian lo precaria que son como naciones, al establecérseles límites arbitrarios destruyendo y avasallando culturas y pueblos tradicionales.

En Latinoamérica, los golpes de Estado caracterizaron la dinámica política de todos sus países (excepción hecha de Costa Rica, la “Suiza americana”… ¿y por qué no Suiza la “Costa Rica europea”?) a lo largo de todo el siglo XX. Bolivia encabeza la lista, con más de 160 alzamientos militares.

Un golpe de Estado no significa cambio alguno en la estructura económico-social de una sociedad. Es, en todo caso, un cambio brusco, repentino, en la figura que está al mando del sillón presidencial. En otros términos: luchas de poder intestinas, crisis palaciegas, simples reacomodos a espaldas de los pueblos (eso es, básicamente, lo que caracteriza los pronunciamientos militares en el África). O, en todo caso, injerencia del poder militar en la dinámica política, reemplazando el juego institucional normal cuando las clases dirigentes avizoran algún peligro en orden a un avance popular (lo distintivo de Latinoamérica).

Esto último es el caso, por ejemplo, de la intervención militar en Guatemala en 1954 desplazando la “Primavera democrática”, en Argentina en 1955 y 1976, quitando gobiernos peronistas vistos como “peligro populista” para las clases dirigentes, en Brasil en 1964, volteando al presidente João Goulart, otro “populista peligroso” para la lógica conservadora, en Chile en 1973 (“peligro comunista”, según declarara Henry Kissinger en su momento), y ahora en Bolivia (gran reserva de litio ansiada por compañías multinacionales). En todos estos casos lo que está en juego es la posibilidad de una pérdida de privilegios por parte de la clase dominante local y de los intereses estadounidenses en la región. De esto se desprenden dos conclusiones:

1) El aparato de Estado no está para beneficiar a todos los habitantes de una nación por igual, sino que es el mecanismo de dominación de una clase social (oligarquía, burguesía, empresariado, terratenientes, banqueros o como se la quiera nombrar) sobre otra (trabajadores, pueblo en general). Vale recordar aquí la definición leninista ya clásica: “El Estado es el producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase”. Las fuerzas de seguridad nunca reprimen a las clases dirigentes sino a la “chusma” que protesta.

2) En Latinoamérica, el verdadero poder dominante final, el que tiene la última palabra, es la clase dirigente de Estados Unidos, que hace de la región su reservorio de materias primas, mercado cautivo y proveedor de mano de obra barata. Por eso, y no por otra razón, es que hay acantonadas 74 bases militares de Washington en la región, defendiendo al milímetro lo que considera su natural patio trasero: “América para los americanos” (del Norte), según la tristemente célebre Doctrina Monroe. No está de más recordar que la instalación más grande (Base Mariscal Estigarribia) se encuentra en la Triple frontera argentino-brasileño-paraguaya, “custodiando” el Acuífero Guaraní, una de las reservas de agua dulce subterránea más enorme del mundo. Y la base más grande está en construcción en estos momentos, en Honduras, para “salvaguardar” las reservas petrolíferas de Venezuela.

En todos estos pronunciamientos militares está siempre presente la mano de Washington, quien defiende a capa y espada, ante todo, sus propios intereses económicos, y secundariamente el modelo capitalista vigente, para que los “malos ejemplos populistas” no cundan. Pero los tradicionales golpes de Estado, con tanques de guerra en la calle, sangre y muchos muertos, cuestan demasiado en términos políticos. Hoy día, producto del avance en las denuncias de violaciones a derechos humanos cometidas por esos gobiernos militares producto de los golpes de Estado sangrientos, tales prácticas son impresentables. De ahí que la Casa Blanca últimamente ha variado su estrategia desarrollando lo que se conoce como “golpes suaves” (soft), o “procesos de reversión” (roll-back).

Los mismos evitan el despliegue militar violento, presentando varias aristas, articuladas entre sí a veces, que tienen por fin siempre lo mismo: terminar con un mandatario o un proceso díscolo a los dictados imperiales de Estados Unidos. Pueden presentar varias formas:

1) Maquillando el cambio político como un alzamiento espontáneo de la población que, con su protesta, reclama algo nuevo. ¿Qué representan, en realidad, estos movimientos? No son, en sentido estricto, movimientos populares. Con las diferencias del caso, todos tienen líneas comunes. Llamados también “revoluciones de colores” (probadas en otras regiones distintas a Latinoamérica: revolución de las rosas en Georgia, revolución naranja en Ucrania, revolución de los tulipanes en Kirguistán, revolución blanca en Bielorrusia, revolución verde en Irán, revolución azafrán en Birmania, revolución del Cedro en Líbano, revolución de los jazmines en Túnez, “estudiantes democráticos antichavistas” en Venezuela, las “Damas de blanco” en Cuba, las recientes “movilizaciones populares” en Bolivia fustigando el supuesto fraude de Evo Morales) son fuerzas aparentemente espontáneas, que tienen siempre como objeto principal oponerse a un gobierno o proyecto contrario a los intereses geoestratégicos de Washington.

El ideólogo que le dio forma a este tipo de intervenciones es Gene Sharp, escritor estadounidense visceralmente anticomunista, autor de los libros “La política de la acción no violenta” y “De la dictadura a la democracia”, quien fuera nominado en el 2015 al Premio Nobel de la Paz. Paradojas del destino: inspirándose en los métodos de lucha no-violenta de Mahatma Ghandi, este intelectual orgánico al statu quo estadounidense sentó las bases para que la CIA y otras agencias estatales norteamericanas (USAID, NED, algunas Fundaciones de fachada) desarrollen sus intervenciones en distintas partes del mundo, siempre en función de la geoestrategia de dominación de Washington (¡en modo alguno alejada de la violencia!). Las mismas, según Sharp, consisten en tres pasos:

  • Generación de protestas, manifestaciones y piquetes, persuadiendo a la población (léase: manipulando) de la ilegitimidad del poder constituido, buscando la formación de un movimiento antigubernamental.
  • Fomento del desprestigio de las fuerzas de seguridad oficiales (policía o fuerzas del orden), instigación a huelgas, a la desobediencia social, a los disturbios y la provocación de sabotaje.
  • Llamado al derrocamiento no violento del gobierno.

Así, un cambio de gobierno se enmascara como resultado de una protesta popular espontánea.

2) A ello se le puede complementar, como parte de estos nuevos golpes de Estado “suaves”, el trabajo disuasivo que realiza la corporación mediática comercial, siempre alineada con el gran capital y posiciones conservadoras. Trabajar sobre la corrupción, denunciando y magnificando hasta el hartazgo hechos corruptos por parte de los funcionarios “díscolos”, consigue resultados: dado que es un tema sensible, o incluso sensiblero, las poblaciones responden siempre visceralmente: “Mueren niños en un hospital por falta de medicamentos, culpa de la corrupción estatal”; “Podemos ver los resultados de la corrupción aquí en esta escuela: no tienen suficientes aulas para la gente, para los estudiantes (…) Toca al gobierno y a la gente de Guatemala luchar cada día contra la corrupción”, como declarara el entonces embajador de Estados Unidos en Guatemala preparando las “espontáneas” protestas populares. ¿Quién podría avalar la corrupción? Por tanto, insistir y sobredimensionar la misma en función de una estrategia de desprestigio, da resultados. De hecho, ello se evidenció (¿laboratorio de prueba?) en el 2015 en Guatemala, donde las denuncias reiteradas de corrupción por parte de la prensa y las “manifestaciones cívicas pacíficas” de población clasemediera urbana lograron quitar de la presidencia al binomio Otto Pérez-Molina y Roxana Baldetti, conspicuos operadores políticos de derecha (Pérez-Molina, por lo pronto, militar absolutamente comprometido en la guerra contrainsurgente de años atrás, pero ahora “utilizado” como prueba con esto de las cruzadas anticorrupción).

El mecanismo definitivamente funciona, pues fue lo que luego se utilizó para que la geoestrategia hemisférica de Estados Unidos, en connivencia con las oligarquías locales, desplazara con esta modalidad de golpes suaves al Partido de los Trabajadores en Brasil, encarcelando al ex presidente Lula y a la en ese entonces presidenta Dilma Rousseff, por hechos nunca claramente probados de corrupción. Y lo mismo sucedió en Argentina, donde sin llegar a sustanciar un golpe de Estado, la derecha pudo quitar del sillón presidencial a Cristina Fernández (una socialdemócrata pro capitalismo, en todo caso reformista, pero igualmente molesta para el statu quo), acusándola de innumerables hechos corruptos que llevaron al triunfo electoral de Mauricio Macri.

3) Otra forma de “golpe suave” desarrollada por Estados Unidos está dada por intervenciones “quirúrgicas” que, sin apelar al gran despliegue militar, “capturan” al presidente en cuestión, alejándolo de su cargo en forma silenciosa, ordenada, haciéndolo desaparecer “mágicamente” de la vida pública. Eso es lo que se hizo, por ejemplo, con Jean-Bertrand Aristide en Haití, secuestrado y llevado al África, con Manuel Zelaya en Honduras, o con Hugo Chávez en Venezuela (jugada, esta última, que no les resultó por la activa participación popular en defensa de su líder, lo que hizo abortar el golpe).

4) Complementando lo anterior, también como parte de esta nueva modalidad de golpes no cruentos, una nueva técnica que impulsa el gobierno de Estados Unidos es la “autoproclamación” como mandatario. Es una jugada casi absurda, pero que puede resultar efectiva. Crea una situación de hecho, presentando a un determinado personaje como el “nuevo” presidente, con lo que se fuerza un escenario novedoso que puede servir para desplazar al anterior mandatario. Esto se ensayó primeramente en la República Bolivariana de Venezuela, donde el diputado Juan Guaidó se autoproclamó presidente, sin que ello tuviera efecto real en la dinámica política del país. Pero sí resultó en la República Plurinacional de Bolivia, donde ilegalmente la vicepresidenta del Senado, Jeanine Áñez, autonombrándose, ocupó el espacio dejado por la renuncia forzada del legítimo mandatario Evo Morales, completando así el golpe de Estado pergeñado por la derecha.

Esta nueva modalidad de “golpes soft” evita el desgaste político, sin tensar al rojo vivo la situación político-social. Se pueden combinar varios elementos: movilización popular manipulada, prédica antigubernamental por los medios de comunicación, operaciones quirúrgicas, mecanismos de sabotaje, etc. De todos modos, la posibilidad de la “mano dura” no se descarta. La clase dominante siempre se guarda esa carta. La Escuela de las Américas, luego rebautizada pero en esencia siempre la misma cosa, sigue preparando militares latinoamericanos golpistas y torturadores como reaseguro de las clases dominantes para todo el sub-continente. “América del Sur se nos puede embrollar de modo incontrolable si no tenemos siempre a la mano un líder militar (…) Esto reclama un jefe de la calidad solidaria del general Augusto Pinochet”, manifestó el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, ante “la preocupante situación de Chile”. De hecho, en procesos llamados democráticos (que lo son solo formalmente), cuando las cosas se “complican”, aparece la bota militar. Eso ocurrió en el virtual golpe de Estado en Honduras en 2009, cuando se desplazó al entonces presidente legítimo Manuel Zelaya (un muy tibio socialdemócrata que había osado negociar el petróleo con la Venezuela chavista a través de Petrocaribe), apareciendo como antaño los tanques de guerra en las calles de Tegucigalpa.

En Bolivia acaba de consumarse un golpe que nuclea varias de estas modalidades. Las cuantiosas reservas de litio (75% de las reservas mundiales, elemento fundamental para las baterías de aparatos electrónicos y futuro posible reemplazo del petróleo) y otros recursos naturales (gran reserva de gas, de minerales estratégicos, de tierras raras) esperan por las ávidas corporaciones multinacionales, que de momento no podían entrar, dado el gobierno socialista de Evo Morales y el MAS.

La institucionalidad de las democracias formales se demuestra un absurdo. Se hace creer a la población que decide algo a través de su voto, cuando en realidad todas las decisiones importantes se toman a sus espaldas. Y si los pueblos alzan la voz, se les reprime (todas las actuales protestas, en todas partes del mundo, fueron sangrientamente reprimidas con fuerza bruta, en Francia y en Haití, en Egipto y en Honduras, en Chile y en Irak, en Ecuador y en Colombia). La actual nueva modalidad de golpes suaves no debe hacernos creer que los golpes duros desaparecieron. Las palabras de Mike Pompeo nos lo recuerdan. La petición de las Comisiones de la Verdad que investigaron los graves delitos de lesa humanidad de gobiernos dictatoriales en Argentina y Guatemala y titularon sus documentos como “Nunca más”, no pasan de un buen deseo. Nada asegura que los golpes cruentos y sangrientos no puedan volver. Las armas no están en manos de los pueblos, sino de los militares preparados para defender “el modo de vida occidental y cristiano”. Solo Cuba y Venezuela tiene fuerzas armadas no golpistas. El capital se sigue protegiendo y protege sus privilegios a toda costa, sin cuartel, sin piedad, y si necesita nuevos “hijos de puta”, como reza el epígrafe, los seguirá usando.

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